lunes, 28 de noviembre de 2016

INTRODUCCIÓN A LA TEORÍA DE LA EVOLUCIÓN DE LOS CONCEPTOS

A nadie se le escapa que los conceptos van cambiando como cambiando va el ser humano generación tras generación. Los conceptos van como agrandándose y necesitan más extensión para su definición. Cada logro científico,  cambio cultural y social, descubrimientos, avances tecnológicos, etc, hacen que los conceptos se vayan quedando pequeños y necesiten más espacios para sí y sus extensiones definitorias. Los conceptos llegan ser tan extensos que terminan disgregándose de matices significativos, que acaban siendo conceptos propios en sí mismo independientes. Sin embargo, al cerebro, y por tanto, al ser humano, le cuesta adherirse a esta tendencia evolutiva tal vez en consonancia con establecer una contraposición natural al propio cambio social evolutivo. Son las generaciones incipientes las que van asumiendo el rol de establecer nuevas pautas para los conceptos. Así, las nuevas interpretaciones y expresiones sobre los conceptos se mezclan con las viejas formas conceptuales, lo cual forman el germen para nuevas interpretaciones para nuevas generaciones. Es una especie de cadena tan compleja como el propio ADN. Algunos creen que, posiblemente, este último tenga más influencia a la hora de establecer nuevas definiciones conceptuales de lo que aparentemente pueda parecer. Y  así nos adentramos en las teorías biológicas que propugnan un alto valor a la influencia de los procesos biológico del ser humano a la hora de establecer los conceptos filosóficos y vitales que nos han llegado a regir socialmente como absolutas verdades. Pero la Verdad no existe como absoluta, sino más bien como relativa, y esto parece estar más acorde con el progresar de la mente y el cerebro. La neurociencia nos está planchando muchas de esas pajas mentales de ingenuidad intelectual adolescente. Y tal hecho nos acerca a un enfoque más natural hacia la búsqueda de nuestro bienestar y felicidad personal. Por esa razón, entender que los conceptos vitales evolucionan y cómo lo hacen, nos abre nuevos horizontes y perspectivas para el entendimiento de nosotros mismo, el único conocimiento que nos guiará hacia ese "ser felices", o infelices.

INTRODUCCIÓN A LA TEORÍA DE LA EVOLUCIÓN DE LOS CONCEPTOS

A nadie se le escapa que los conceptos van cambiando como cambiando va el ser humano generación tras generación. Los conceptos van como agrandándose y necesitan más extensión para su definición. Cada logro científico,  cambio cultural y social, descubrimientos, avances tecnológicos, etc, hacen que los conceptos se vayan quedando pequeños y necesiten más espacios para sí y sus extensiones definitorias. Los conceptos llegan ser tan extensos que terminan disgregándose de matices significativos, que acaban siendo conceptos propios en sí mismo independientes. Sin embargo, al cerebro, y por tanto, al ser humano, le cuesta adherirse a esta tendencia evolutiva tal vez en consonancia con establecer una contraposición natural al propio cambio social evolutivo. Son las generaciones incipientes las que van asumiendo el rol de establecer nuevas pautas para los conceptos. Así, las nuevas interpretaciones y expresiones sobre los conceptos se mezclan con las viejas formas conceptuales, lo cual forman el germen para nuevas interpretaciones para nuevas generaciones. Es una especie de cadena tan compleja como el propio ADN. Algunos creen que, posiblemente, este último tenga más influencia a la hora de establecer nuevas definiciones conceptuales de lo que aparentemente pueda parecer. Y  así nos adentramos en las teorías biológicas que propugnan un alto valor a la influencia de los procesos biológico del ser humano a la hora de establecer los conceptos filosóficos y vitales que nos han llegado a regir socialmente como absolutas verdades. Pero la Verdad no existe como absoluta, sino más bien como relativa, y esto parece estar más acorde con el progresar de la mente y el cerebro. La neurociencia nos está planchando muchas de esas pajas mentales de ingenuidad intelectual adolescente. Y tal hecho nos acerca a un enfoque más natural hacia la búsqueda de nuestro bienestar y felicidad personal. Por esa razón, entender que los conceptos vitales evolucionan y cómo lo hacen, nos abre nuevos horizontes y perspectivas para el entendimiento de nosotros mismo, el único conocimiento que nos guiará hacia ese "ser felices", o infelices.

miércoles, 23 de noviembre de 2016

NINGÚN PLAN SOBREVIVE AL ENEMIGO

Y si alguien sabía de enemigos, era Erwin Rommel: "El zorro del desierto". Sin duda, el famoso mariscal de campo a quien se le atribuye la frase del post (aunque otros se la atribuyen al mariscal de campo Helmuth Carl Bernard von Moltke), había leído y estudiado  la estrategia militar antigua, considerada como un arte de vida. Y de ellas aprendió que un plan nunca es perfecto por muy cabal que sea la persona que lo dirija, y que, finalmente, el enemigo encontrará la brecha para hacerlo sucumbir de una forma u otra. Así se ha demostrado desde siempre. Y tal hecho es aplicable a la ley de vida. Siempre habrá alguien que será más listo que tú, o por qué no, que tenga más suerte, pues muchas de las estrategias, tanto militar como de vida, han dependido de ella. Una Cruz de Hierro  avala que no es una frase nacida del temor, la cobardía o la ineptitud, sino todo lo contrario, refleja la profunda reflexión de una mente brillante, la misma brillantez que tal vez le llevara a su impuesto suicidio por la conspiración fallida contra el propio Führer. Quizás Rommel comprendió, tras el desembarco de Normandía, que vivió de primera mano y donde fue herido, que la guerra había sobrevivido al plan de Hitler, y que era imposible ganarla. O quizás siempre lo había sabido, aunque eso no le impidiera cumplir con sus obligaciones como soldado. Eso queda para los historiadores. Dicen que lo cortés no quita lo valiente, y de él decían que era todo un caballero con sus enemigos.

NINGÚN PLAN SOBREVIVE AL ENEMIGO

Y si alguien sabía de enemigos, era Erwin Rommel: "El zorro del desierto". Sin duda, el famoso mariscal de campo a quien se le atribuye la frase del post (aunque otros se la atribuyen al mariscal de campo Helmuth Carl Bernard von Moltke), había leído y estudiado  la estrategia militar antigua, considerada como un arte de vida. Y de ellas aprendió que un plan nunca es perfecto por muy cabal que sea la persona que lo dirija, y que, finalmente, el enemigo encontrará la brecha para hacerlo sucumbir de una forma u otra. Así se ha demostrado desde siempre. Y tal hecho es aplicable a la ley de vida. Siempre habrá alguien que será más listo que tú, o por qué no, que tenga más suerte, pues muchas de las estrategias, tanto militar como de vida, han dependido de ella. Una Cruz de Hierro  avala que no es una frase nacida del temor, la cobardía o la ineptitud, sino todo lo contrario, refleja la profunda reflexión de una mente brillante, la misma brillantez que tal vez le llevara a su impuesto suicidio por la conspiración fallida contra el propio Führer. Quizás Rommel comprendió, tras el desembarco de Normandía, que vivió de primera mano y donde fue herido, que la guerra había sobrevivido al plan de Hitler, y que era imposible ganarla. O quizás siempre lo había sabido, aunque eso no le impidiera cumplir con sus obligaciones como soldado. Eso queda para los historiadores. Dicen que lo cortés no quita lo valiente, y de él decían que era todo un caballero con sus enemigos.

viernes, 18 de noviembre de 2016

EL CAMINO

Muévete y el camino aparecerá. Como por arte de magia. Si te estás quieticito, también. El camino siempre aparecerá hagas lo que hagas. Pero si te mueves verás más lejos y medirás mejor las paradas de espera entre estación y estación. Como si fuera un tren, tu emocionabilidad, va dando tumbos de parada en parada, porque siempre uno no  puede estar en movimiento. Ni se puede estar siempre estático. Pero es un tren sin vías ni rieles. Así que el vaivén se nota más. También hay literas para descansar un rato cuando el camino es largo y cansa. Pero no duden de que el camino aparecerá. Aparecerá aunque no quieran, como en esas ocasiones que uno quiere que termine. Hay caminos pedregosos a ratos, o no tan a ratos. Dicen que cada uno soporta su cruz, pero no dicen cuánto pesa la de cada uno, pues unas pesan más que otras. Y piensen ahora en el camino y la cruz. Bien termina lo que bien acaba. Y hay cientos de caminos que podemos elegir y de los que podemos retroceder, puesto que es mejor esto último que caerse por un precipicio. O no. A veces es mejor caerse por un precipicio que retroceder. Es más, muchos dirán: retroceder, ¡jamás! Pero esta es una palabra que difícilmente se puede tomar como promesa. Porque nuestras emociones no son constantes, ni eternas; y van variando como varía el tiempo, y éste nunca está quieto, siempre avanzando. No diré inexorable, pero sí segundo a segundo. Y muchos segundos marcan un camino. A seguir. O a observar antes de seguir.

EL CAMINO

Muévete y el camino aparecerá. Como por arte de magia. Si te estás quieticito, también. El camino siempre aparecerá hagas lo que hagas. Pero si te mueves verás más lejos y medirás mejor las paradas de espera entre estación y estación. Como si fuera un tren, tu emocionabilidad, va dando tumbos de parada en parada, porque siempre uno no  puede estar en movimiento. Ni se puede estar siempre estático. Pero es un tren sin vías ni rieles. Así que el vaivén se nota más. También hay literas para descansar un rato cuando el camino es largo y cansa. Pero no duden de que el camino aparecerá. Aparecerá aunque no quieran, como en esas ocasiones que uno quiere que termine. Hay caminos pedregosos a ratos, o no tan a ratos. Dicen que cada uno soporta su cruz, pero no dicen cuánto pesa la de cada uno, pues unas pesan más que otras. Y piensen ahora en el camino y la cruz. Bien termina lo que bien acaba. Y hay cientos de caminos que podemos elegir y de los que podemos retroceder, puesto que es mejor esto último que caerse por un precipicio. O no. A veces es mejor caerse por un precipicio que retroceder. Es más, muchos dirán: retroceder, ¡jamás! Pero esta es una palabra que difícilmente se puede tomar como promesa. Porque nuestras emociones no son constantes, ni eternas; y van variando como varía el tiempo, y éste nunca está quieto, siempre avanzando. No diré inexorable, pero sí segundo a segundo. Y muchos segundos marcan un camino. A seguir. O a observar antes de seguir.

domingo, 13 de noviembre de 2016

FAUSTO

Fausto vendió su alma al diablo firmando con su sangre. Al más puro romanticismo sin duda. Se condenó a la eternidad del castigo por poder y gloria. Es la angustia existencial lo que determinan el ansia de promover un idealismo sublime alrededor de cualquier concepto de los llamados universales. Así que el romanticismo encierra irremediable una angustia existencial irrefrenable y indeleble en el tiempo. Y para lograr la catarsis romántica simplemente acciona el mecanismo del drama del amor real bajo el yugo de la posesión carnal frente al deseo imaginario del que sugió el arquetipo del platónico Príncipe Azul. Son mundos diferentes dentro del complicado mapa emocional humano en el que lo visceral y lo racional conviven, se mezclan y se abrazan sin posibilidad de establecer un modelo actuación que no esté  regido por el azar matemático del Universo. Finalmente, a pesar de comprender las consecuencias de los actos, el drama, que sin llegar a tragedia, se aviene a seguir un guión lleno de azarosas vicisitudes que hace fluir los pesares más profundos de nuestra frágil emocionalidad, esa que nos empeñamos en ocultar por miedo a ser devorados por el principio social del despecho del individuo, o del eslabón débil, en una comunidad social determinada. El romanticismo se recrea en recordarnos lo que nos gusta apreciar la crueldad de la existencia sobre los demás para autocomplacernos de nuestra relativa suerte. El romanticismo nos llama a la compasión más abrupta que se esconde en nuestros corazones endurecidos por las circunstancias de la vida natural y hace surgir la idea  de Dios, del pecado y el castigo como un aliciente más para continuar existiendo. Y no hay mejor miedo escénico existencial que arder en el Infierno eternamente junto a Mefistófeles.

FAUSTO

Fausto vendió su alma al diablo firmando con su sangre. Al más puro romanticismo sin duda. Se condenó a la eternidad del castigo por poder y gloria. Es la angustia existencial lo que determinan el ansia de promover un idealismo sublime alrededor de cualquier concepto de los llamados universales. Así que el romanticismo encierra irremediable una angustia existencial irrefrenable y indeleble en el tiempo. Y para lograr la catarsis romántica simplemente acciona el mecanismo del drama del amor real bajo el yugo de la posesión carnal frente al deseo imaginario del que sugió el arquetipo del platónico Príncipe Azul. Son mundos diferentes dentro del complicado mapa emocional humano en el que lo visceral y lo racional conviven, se mezclan y se abrazan sin posibilidad de establecer un modelo actuación que no esté  regido por el azar matemático del Universo. Finalmente, a pesar de comprender las consecuencias de los actos, el drama, que sin llegar a tragedia, se aviene a seguir un guión lleno de azarosas vicisitudes que hace fluir los pesares más profundos de nuestra frágil emocionalidad, esa que nos empeñamos en ocultar por miedo a ser devorados por el principio social del despecho del individuo, o del eslabón débil, en una comunidad social determinada. El romanticismo se recrea en recordarnos lo que nos gusta apreciar la crueldad de la existencia sobre los demás para autocomplacernos de nuestra relativa suerte. El romanticismo nos llama a la compasión más abrupta que se esconde en nuestros corazones endurecidos por las circunstancias de la vida natural y hace surgir la idea  de Dios, del pecado y el castigo como un aliciente más para continuar existiendo. Y no hay mejor miedo escénico existencial que arder en el Infierno eternamente junto a Mefistófeles.

martes, 8 de noviembre de 2016

NO SE PUEDE IR CONTRA LA EVIDENCIA

Cuando la evidencia es clara, resistirse a ella, obviarla o intentar cambiarla, es infructuoso. De igual manera, cuanto antes se acepte ésta como tal, antes se podrá a empezar a compensar los perjuicios y beneficios que conlleva, puesto que toda evidencia contiene  pros y contras. Y vale para cualquier proposición cuyo desenlace lleve a una evidencia. Eso es  lógica. Sin embargo, en cuestiones sociales y emocionales, el ser humano no trata a la evidencia con lógica, sino con miedo, negatividad y violencia si llegara el caso. Todo junto termina en un odio intrínseco,  en sinrazón, que de perdurar en el tiempo acaba siendo transmitido de padres a hijos, y a los hijos de estos si llegara el caso. Así, generaciones enteras se han guiado a lo largo de la Historia por un visceral comportamiento de odio hacia aquellos cambios que han alterado la tan preciada monotonía de la tradición y las costumbres sociales de un grupo social determinado. Pero el mundo gira irrefrenablemente hacia el futuro. Podremos culpar a quien queramos de todo ello, y buscar las justificaciones más peregrinas que queramos, pero la evidencia siempre termina imponiéndose a no ser que sea admitida en su debido tiempo y sea integrada a pesar de sus inconvenientes (puesto que los beneficios sí que somos capaces a asumirlos como especie cínica que somos), cosa que socialmente hablando rara vez ocurre sin un paso por la resistencia pertinaz, incluso violenta, de los sectores más conservadores ante el miedo social colectivo al cambio inherente que trae el paso del tiempo. Éste último es uno de los grandes aliados de la evidencia. El tiempo dicen que lo deteriora todo, lo corroe, según los más pesismista, al contrario del lema más optimista de "el tiempo pone todo en su lugar tarde o temprano". Yo soy irónicamente de momentos, unas veces me conviene que el tiempo sea corrosivo, o otras que ponga las cosas en su sitio. Así me llevo bien. Y por supuesto, ante la evidencia, si ésta no es conveniente, me revuelvo sobre mis tripas contra la mismísima y puñetera evidencia. Pues somos, a la postre, animales de intereses sociales complejos.

NO SE PUEDE IR CONTRA LA EVIDENCIA

Cuando la evidencia es clara, resistirse a ella, obviarla o intentar cambiarla, es infructuoso. De igual manera, cuanto antes se acepte ésta como tal, antes se podrá a empezar a compensar los perjuicios y beneficios que conlleva, puesto que toda evidencia contiene  pros y contras. Y vale para cualquier proposición cuyo desenlace lleve a una evidencia. Eso es  lógica. Sin embargo, en cuestiones sociales y emocionales, el ser humano no trata a la evidencia con lógica, sino con miedo, negatividad y violencia si llegara el caso. Todo junto termina en un odio intrínseco,  en sinrazón, que de perdurar en el tiempo acaba siendo transmitido de padres a hijos, y a los hijos de estos si llegara el caso. Así, generaciones enteras se han guiado a lo largo de la Historia por un visceral comportamiento de odio hacia aquellos cambios que han alterado la tan preciada monotonía de la tradición y las costumbres sociales de un grupo social determinado. Pero el mundo gira irrefrenablemente hacia el futuro. Podremos culpar a quien queramos de todo ello, y buscar las justificaciones más peregrinas que queramos, pero la evidencia siempre termina imponiéndose a no ser que sea admitida en su debido tiempo y sea integrada a pesar de sus inconvenientes (puesto que los beneficios sí que somos capaces a asumirlos como especie cínica que somos), cosa que socialmente hablando rara vez ocurre sin un paso por la resistencia pertinaz, incluso violenta, de los sectores más conservadores ante el miedo social colectivo al cambio inherente que trae el paso del tiempo. Éste último es uno de los grandes aliados de la evidencia. El tiempo dicen que lo deteriora todo, lo corroe, según los más pesismista, al contrario del lema más optimista de "el tiempo pone todo en su lugar tarde o temprano". Yo soy irónicamente de momentos, unas veces me conviene que el tiempo sea corrosivo, o otras que ponga las cosas en su sitio. Así me llevo bien. Y por supuesto, ante la evidencia, si ésta no es conveniente, me revuelvo sobre mis tripas contra la mismísima y puñetera evidencia. Pues somos, a la postre, animales de intereses sociales complejos.

jueves, 3 de noviembre de 2016

LA GUARDIA EMOCIONAL

Hay veces en que uno baja la guardia, emocionalmente hablando. Cree uno que está bien y se deja llevar. Y de pronto, sin saber como, uno se encuentra en un embrollo emocional de esos que te retuercen las tripas. Pero, ¿cómo ha ocurrido esto? -te preguntas estupefacto-. Y lo peor: Ahora qué -te dices-. Y si no mantienes la calma, te hundirás sin remisión. Y si no tienes tiempo de reaccionar, no podrás mantener la calma, y otra vez la coletilla anterior. De seguro que vas a pasar algunos días con cierta ansiedad estomacal (porque si vomitas, serás devorado por la ansiedad, y eso lleva a la precipitación inconsciente, a la pérdida de la calma y...). Volverás una y otra vez, en tono de arrepentimiento, a la susodicha pregunta y a ese "ahora qué". Alternarás el orden y te lamentarás de haber bajado la guardia emocional. Podrás decir como los resacosos eso de "no voy a beber nunca más", sabiendo que ese "nunca" dura 48 horas como mucho y lo tuyo tardará más que eso. Estarás melancólico por no haber estado atento a tus emociones y no haber reaccionado a las señales que te daban. Sin embargo, uno no puede estar en constante atención, a no ser que seas un superhérore de Marvel. Y sin embargo, también, un sólo error al bajar la guardia emocional te puede llevar a la ruina en el punto más extremo, aunque no el menos asiduo. Sólo queda la rectificación del temperamento hacia la consecusión de una huida o escapada del error cometido. En realidad nadie tiene la culpa de que ciertas desventuras emocionales ocurran, pero todo tiene una razón, y es esa razón la que hay que encontrar lo antes posible para no seguir hundiéndose más en los laberintos de las malas decisiones emocionales. En el aprendizaje de las emociones no hay nada escrito temporalmente, y por ello, nuestra guardia al respecto nunca debe relajarse demasiado. Superar o no las crisis emocionales, no obstante, es una cuestión temporal en su mayoría, por una parte, y un poco de reconstrucción emotiva por otra.

LA GUARDIA EMOCIONAL

Hay veces en que uno baja la guardia, emocionalmente hablando. Cree uno que está bien y se deja llevar. Y de pronto, sin saber como, uno se encuentra en un embrollo emocional de esos que te retuercen las tripas. Pero, ¿cómo ha ocurrido esto? -te preguntas estupefacto-. Y lo peor: Ahora qué -te dices-. Y si no mantienes la calma, te hundirás sin remisión. Y si no tienes tiempo de reaccionar, no podrás mantener la calma, y otra vez la coletilla anterior. De seguro que vas a pasar algunos días con cierta ansiedad estomacal (porque si vomitas, serás devorado por la ansiedad, y eso lleva a la precipitación inconsciente, a la pérdida de la calma y...). Volverás una y otra vez, en tono de arrepentimiento, a la susodicha pregunta y a ese "ahora qué". Alternarás el orden y te lamentarás de haber bajado la guardia emocional. Podrás decir como los resacosos eso de "no voy a beber nunca más", sabiendo que ese "nunca" dura 48 horas como mucho y lo tuyo tardará más que eso. Estarás melancólico por no haber estado atento a tus emociones y no haber reaccionado a las señales que te daban. Sin embargo, uno no puede estar en constante atención, a no ser que seas un superhérore de Marvel. Y sin embargo, también, un sólo error al bajar la guardia emocional te puede llevar a la ruina en el punto más extremo, aunque no el menos asiduo. Sólo queda la rectificación del temperamento hacia la consecusión de una huida o escapada del error cometido. En realidad nadie tiene la culpa de que ciertas desventuras emocionales ocurran, pero todo tiene una razón, y es esa razón la que hay que encontrar lo antes posible para no seguir hundiéndose más en los laberintos de las malas decisiones emocionales. En el aprendizaje de las emociones no hay nada escrito temporalmente, y por ello, nuestra guardia al respecto nunca debe relajarse demasiado. Superar o no las crisis emocionales, no obstante, es una cuestión temporal en su mayoría, por una parte, y un poco de reconstrucción emotiva por otra.